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La carta

Esta mañana, paseando por la orilla de la playa me he encontrado una botella de cristal con un papel amarillento en un interior. Sin dudarlo la he abierto y he desdoblado con cuidado el  papel. Se podía leer lo siguiente:

“Cuando las viejas cadenas rodeadas de musgo y ceniza se derriten ante los primeros rayos del amanecer, la piel  comienza a respirar entre sollozos y una extraña euforia. Es entonces cuando uno abandona la húmeda caverna para observar desde la pequeña ventana de su torre de marfil el nuevo horizonte. Tranquilo, sereno, apasionado ante lo deseado e hipnotizado por lo amado uno siente la necesidad de sellar la última carta enviada al penúltimo minuto de lo vivido. Mi carta es breve, sincera y necesaria. Una única palabra en el centro de la página recorre el umbral de la última puerta que cierro tras de mí. “Perdón”. A todos aquellos a los que hice sufrir con o sin intención. A todos aquellos que cuando me necesitaron sólo encontraron en mí una brújula estropeada en el borde de una cuneta cualquiera. A todos aquellos a los que condené por haberme juzgado. A los que sin entender nada supieron comprenderlo todo.

Cuando echando la vista atrás la caverna desaparece cada vez se escucha con mayor claridad e intensidad el Idilio de Sigfrido de Wagner.

Firmado: Tú.”

Oink.

Hace unos días que me llegó al fax que siempre llevo debajo de la capa una noticia enviada por una fuente de plena confianza. Resulta que hay una página web en la que se ofrece la oportunidad de apadrinar curas, ya sabéis, esos entrañables seres de apetito generoso. Tras un arduo trabajo de investigación porcina comienzo a atar cabos y mira tú por dónde que la web pertenece a los siempre tiernos Legionarios de Cristo. Estos simpáticos coleguitas aterrizaron en España de manos de siempre admirado don Patxi, allá por el año 46. Son resultado de una corriente mejicana de pijos hijos de puta que, con el único motivo de distinguirse del resto de humanitos, optaron por reunirse en súper secreto para contarse lo podridos que estaban de dinero. Algunos llaman a la Legión de Cristo en “nuevo Opus Dei”. Vamos que éramos pocos y parió la abuela (hace ya unos añitos). Famosos políticos, ricas mujeres de negocios y seguro que algún imbécil condecorado por la divina providencia forman parte de esta pandi de frikis que ahora se atreven a pedir dinero para apadrinar a sus futuros cabestros. ¡Qué elegancia!

Te piden que apadrines a un padre, es decir, que hagas el trabajo de otro al que además le pagas. En el planeta del que yo vengo cuando alguien realiza un trabajo se le paga por ello. Cuando alguien pide dinero a cambio de iluminar mi camino, ofrecerme un mundo mejor o charlar de mi parte con una paloma lo llamamos zumbao. Así que si alguno tiene pensado dedicar algo de su tiempo metálico, más conocido como dinero, a apadrinar seres vivos, al menos que sea gente que de verdad lo necesita y no una horda de cuervos de terciopelo.

Oink.

PD: Todavía no entiendo por qué llevan sotana con el calor que tiene que hacer en el infierno.

Insomnia.

Cuando las rutas de entre las sábanas bañadas de soledad ahogan la voluntad del viajero, las pesadillas de párpado abierto y conciencia intranquila dan la bienvenida a la ciudad de Insomnia. Destino recurrente para los atormentados de la nocturna periferia, el sol nunca abandona su trono y la luna aguarda exhausta el momento del regreso. La ciudad, sedienta de nuevos y frescos amaneceres, está infestada de cuerpos inertes con los párpados clavados en la frente y ojos inyectados en sangre y culpa. Nadie camina, pues no existe ni tiempo ni destino, sólo un constante desfile de lapidaciones en las que la conciencia y el pasado se divierten lanzando piedras sin respiro contra los habitantes del bostezo.

Mientras camino por la calle principal de Insomnia mojando mis secos ojos con pequeñas lágrimas robadas a mi locura, observo al final de la calle un bello cuerpo desnudo cálido y suave que, convertido en nuevo destino, atrae mi atención. Me acerco al cuerpo tendiendo  mi mano con una rotunda lentitud.  De repente dos ojos claros y adormecidos mecen mi agonía. La joven gira su cuerpo y con suavidad retira de mis párpados los clavos y los lanza sobre sus hombros. Mis ojos se cierran. Cobijado en su regazo percibo el olor de su piel, olor a luna nueva.

Oink.

Inquisitio Haereticae Pravitatis Sanctum Officium. Qué bellos sonidos para tan avergonzante instrumento de la humanidad. Fundada en la época medieval, sus tentáculos asoman aún  hoy en día de modo muchas veces sutil y otras mediocre. Hace apenas diez años que el todopoderoso hombre de blanco afirmaba que “el proceso contra Galileo fue razonable y justo”. La verdad del elegido, del iluminado, es siempre una verdad bélica y asesina, pues al entender que las verdades son una gran mentira prefiere aniquilar antes que dialogar. El fuego catártico ha dejado paso al olvido premeditado, la humillación publicitada o el infierno terrenal. Ya no hay espacio para la duda, ni caminos a través del jardín del entre, ni purgatorios donde guardar la temida lista de espera. La libertad del individuo sólo es respetada tras los altos muros del dogma donde siempre brilla el sol. La noche, fiel guarida de aquel que desprecia el silencio, no es más que el reflejo de la sospechosa luna sobre el inmóvil manantial de la desdicha.

El hombre que cabalga, espada en mano, en busca de la felicidad pactada y de hojalata es cobarde y necio. Ilumina las sendas de la incertidumbre con estúpidos quinqués buscando los cálidos torsos de la ambigüedad para poder clavar su corrupta espada. Aquí tenéis mi pecho para poder atravesarlo. Mas cuando mi sangre salpique vuestra mugrienta piel, temed que vuestros corazones comiencen a latir y vuestra verdad teja con premura vuestra última mortaja.

Oink.

Había una vez un pequeño hombrecito de nombre Ramoncín. Era conocido por casi todo el mundo residente en cuatro barrios de tres ciudades olvidadas por sus grandes canciones. En su portal lo llamaban el rey del pollo frito (que digo yo que a ver cuándo se manifiestan los pollos por utilizar sin permiso su imagen por parte del individuo). El pequeño Ramón, cierto día, olvidó que el trabajo de un artista consiste en actuar, es decir, subirse a un escenario y ofrecer al público el resultado de un arduo trabajo para que el mismo disfrute intelectual o emocionalmente. El pollito en cuestión prefirió dedicar su vida a luchar contra los malos. Sí, esos individuos anónimos que tiende a crear el sistema cuando se le han agotado las nobles causas por la cual acrecentar el beneficio propio y, como no se le ocurría ninguna idea útil,  decidió que los malos éramos todos. El pequeño Ramón y su pandilla de “grandísimos” artistas comenzaron a cobrar una pequeña cantidad de dinero complementaria de todo aquello que era susceptible de ser utilizado para prostituir su noble arte.

Resulta que la gente comenzó a difundir lo que pensaba del artista y sus amiguitos y ellos, indignados por la perversa utilización de sus nombres, dieron el pistoletazo de salida a una cruel batalla por callar las bocas de aquellos que pagan un plus a una panda de solemnes mal nacidos.

Escucha Ramoncete. Resulta que aunque te joda, en este país existe la libertad de expresión (de vez en cuando claro). Resulta que para defender los derechos de propiedad intelectual, imagen y dignidad personal hay que empezar por dar ejemplo. Si digo que tu música es una verdadera colección de heces secas y roídas por las ciegas ratas de cualquier alcantarilla, tú lo admites o no, pero aceptas que si mi opinión no te gusta lo mejor sería no exponerte al público y quedarte en casita. Resulta que si me tratas como un delincuente, pretender respeto hacia tu persona se convierte en algo sumamente difícil. Pequeño Ramón, dedícate a cantar o a eso a lo que te dedicaste en al pasado y deja de insultarnos a todos.

Oink.

Hace unos días que empezó en la empresa y ya todos hablan de ella. Nadie olvida aquel vestido largo en colores crudos que lució el día que llegó. Un discreto tocado en la cabeza perfectamente conjuntado con el vestido la convertían en un ser casi místico. ¡Qué elegancia! ¡Qué feminidad! Mientras recorría el pasillo sintiendo las miradas ansiosas de aquellos que abandonaba a cada paso abría sus dulces labios para susurrar: “Sólo le pido a Dios acertar”. De pie frente a su mesa nos dedicó unas bellas palabras rebosantes de ternura y cercanía y a la hora del café, mientras agitaba con desparpajo la cuchara dentro del café nos contaba como en su tiempo libre se dedicaba a curar a esos pobres enfermitos homosexuales o a luchar contra aquellos que eran cómplices de asesinato por defender una nueva ley del aborto. ¡Qué encanto!

Esta mañana ha entrado en la oficina indignada e incrédula. ¿Cómo es posible que la portada de todos los periódicos esté dedicada a una manada de negritos incivilizados a los que el suelo se les ha movido un poquito y el tiempo solamente les ofrece una sucia lista de espera para morir? ¿Cómo es posible que ningún periódico dedique su portada a nuestra pobreza espiritual? ¡Qué horror! Tras superar el enfado nos ha mirado con delicadeza diciéndonos que no importaba porque a los negritos “Dios les ha prometido la felicidad eterna”.

Y digo yo, cuando dice pobreza espiritual. ¿a qué se referirá? ¿A los curas que tras demostrarse que han abusado de menores se les da una palmadita en la espalda diciendo: tampoco es para tanto? ¿A aquellos que hablan de pobreza sentaditos en sus despachos rodeados de joyas y una guardia pretoriana? ¿A los gobiernos que, conociendo desde hace años que Haití es el país más corrupto del mundo, nunca se han preocupado hasta que podían salir poco favorecidos en la foto? O tal vez, ¿a los que de cara a la galería defienden una moral recta mientras en sus oscuras alcobas son verdaderas bestias depravadas?

Tenemos chica nueva en la oficina. Se llama Munilla y es divina.

Oink

Una ciudad empapada por la caótica lluvia descansa sobre el cementerio de las ausencias voluntarias. Edificios esculpidos por el suspiro de la piel errante inclinan su mirada al anochecer, dejando que la fatal tormenta descargue su ira como si de la última vez se tratara. Los cristales de las ventanas cierran los párpados con la esperanza de esquivar las afiladas agujas de agua sobre sí lanzadas. Rayos que anuncian la llegada del estruendo. Truenos que presagian la hora de partir.

Bajo mis pies el asfalto desaparece a cada paso convertido en espejo de la tímida luz de las farolas. Hace frío y el agua ya ha conquistado cada centímetro de mi existencia. Jamás unas lágrimas pasaron tan desapercibidas. Me detengo junto al semáforo en rojo que detiene mi paso. Al otro lado, detrás de una ventana repleta de inquietas gotas una  silueta se cruza delante de una lámpara de sobremesa. Tras pasar, el fuego de la chimenea surge de la nada, creando un cálido vaivén de dulces colores. Me dirijo hipnotizado hacia la ventana, sin pensarlo, sin dudarlo. Mi voluntad me abandona al otro lado de la carretera. Con mi mano derecha golpeo una puerta roja cercana a la ventana. La puerta se abre y la silueta desaparece sin dejar rastro tras de sí. Avanzo dos pasos, cierro la puerta y la cansada ciudad desaparece. Todo ha terminado. Al fin, todo ha terminado.

Oink

Hoy en día nadie duda de que vivamos en un país moderno y democrático, de los que forman parte del oasis de libertad y bienestar dentro de este absurdo planeta infestado de injusticia. Qué gran mentira! Mentira tejida a diario por un reducido grupo de hijos de puta, perdón, presuntos hijos de puta, que nos han vendido la moto y a quienes les consentimos, con nuestra absurda tibieza, que nos ninguneen en nombre de la libertad. Bajo el, por ellos manufacturado, imperio de la ley pueden escuchar nuestras llamadas, leer nuestras confidencias, privarnos de libertad por si las moscas y ahora ver nuestros miserables cuerpos desnudos en los más modernos aeropuertos. Total, si no has hecho nada… Hemos pasado de la presunción de inocencia como principio a la presunción de culpabilidad y búscate la vida (si en tu cuenta del banco coleccionas varias cifras te la buscarás mejor). Mientras la ley actúa o no, los medios de comunicación te han juzgado, sentenciado, condenado y contado en fascículos como tu vida es un verdadero estercolero repleto de hedor y sospechas. Para cuando una sentencia demuestre tu inocencia, tus vecinos y conocidos, e incluso algún amigo o familiar imbécil, perdón, presuntamente imbécil, ya te mirarán con cara de rencor como si fueras un enorme trozo de nauseabunda mentira. Que el sistema tiene limitaciones y que, seguramente, éstas sean las únicas cualidades pseudosanas del mismo, no significa que nosotros seamos fieles reflejos de ese gran espejo. El peligro de los espejos es que cuando se apaga la luz pierden su función. Y la luz desaparece constantemente. Así que dejemos de ser gilipollas, perdón, presuntamente gilipollas, y armados con afilado criterio y firme voz sentémonos con nosotros mismos a tomar un largo café y conversar sin miedo.

Oink (perdón, presuntamente Oink)

Al comienzo de cada año nuevo, como si la vida fuera un gran bucle repetitivo en vez de una delgada línea que termina por lanzarte al cubo de la basura, uno redacta en su pizarra mental una  lista de hermosos deseos, la mayoría de los cuales llega sin vida al mes de febrero. Yo, que soy un cerdito muy integrado en la comunidad humana gracias a los planes de integración que realizan una panda de sucios imbéciles de despacho, para quienes un senegalés que vende bolsos de marca falsos para ganarse el jornal representa un exótico caso de diversidad cultural, también he escrito mi lista para este 2010. Estos son mis deseos:

1.- Ser un poco menos hijo de puta con aquellos que me soportan.

2.- Soportar un poco menos a aquellos que creen que soy un hijo puta.

3.- Ser un poco más hijo puta con aquellos que creen que me soportan.

Dejar de creer y ser. Dejar de insultar e ignorar. No dejar que el tiempo se escurra entre los dedos sin apretar bien fuerte. Dejar de querer y amar. Y sobre todo: dejar de perder el tiempo convertido en verdadero activista de lo necio y dedicar todo el tiempo posible en conocer y vivir aquello que me apasiona.

Oink.

PD: Para el mes de febrero puede que estas palabras reposen en el tercer cajón de mi escritorio, junto a mi siempre fiel kiroltxartela. Viva la ilusión de soñar que podemos  ser mejores!!!

La petite mort

Ayer cené con mi pasado y vacíe el cargador en su torso. Hoy he tomado café con mi presente y lo he echado de casa a patadas. Mañana comeré con mi futuro y tras la puerta guardo un dulce bate de acero. Cada instante que pasa mi memoria se reinventa. No hay día en el que no decida quién soy y quién seré. Uno tiene el deber de suicidarse tres o cuatro veces al día y volver a renacer al atardecer.

La mentira es siempre amable paseo, recorrido tantas veces por la rutina. Uno se acostumbra rápido al juego de las dobles caras, del caduco respeto y la puñalada de terciopelo. Más el tiempo nos arroja sin detenerse contra nuestro destino, rodeado de dudas y verdades.

Todo tiene sentido y se acerca a la verdadera causa cuando uno yace junto a un cuerpo desnudo y todos los sentidos estallan en una frenética orgía de lo bello.

Oink.

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